El Ridículo del Año

 Petro y su Falsa Profecía del Colapso en Bogotá


En medio de una crisis hídrica que, si bien era preocupante, no justificaba el pánico, el presidente Gustavo Petro volvió a hacer lo que mejor sabe: dramatizar la realidad, atacar a sus adversarios y colocarse en el papel de profeta del desastre.

Hace apenas unos días, con su característico tono apocalíptico, Petro propuso —sin ninguna base técnica clara— la evacuación de Bogotá, una ciudad de más de 7 millones de habitantes. ¿El motivo? Según él, la situación de los embalses era crítica y el alcalde Carlos Fernando Galán no estaba tomando las medidas adecuadas. En otras palabras, Petro aprovechó la coyuntura para atacar políticamente a Galán, disfrazando su discurso de “visión a futuro”.

¿Qué pasó después? La naturaleza habló.

Llovió. Los embalses se recuperaron rápidamente. Y como si se tratara de un acto de ironía divina, el racionamiento de agua en Bogotá fue levantado apenas días después de las declaraciones catastróficas del presidente.

La ciudadanía no tardó en reaccionar. La sensación general es de indignación, burla y hartazgo. No es la primera vez que el presidente Petro utiliza el miedo y la exageración como estrategia política, pero esta vez el resultado fue tan absurdo que su credibilidad quedó gravemente tocada.

¿Es esto liderazgo?

Mientras millones de ciudadanos esperan soluciones reales y responsables a los problemas estructurales del país, el presidente opta por el show, la confrontación constante y las salidas sin sentido. El “visionario” resultó ser simplemente un mal actor en su propio guion.

Lejos de unir al país frente a los retos ambientales, económicos y sociales, Petro continúa cavando una brecha entre él y la ciudadanía. Y lo más preocupante es que, en su afán por “tener razón”, está dispuesto a sembrar el caos con tal de parecer necesario.

Una lección de realidad

Lo sucedido con la falsa emergencia hídrica en Bogotá debería dejarnos una lección clara: el país necesita líderes con sensatez, no profetas del caos. La gente exige soluciones, no discursos incendiarios. Exige verdad, no manipulación. Y sobre todo, exige respeto por la inteligencia colectiva de una ciudadanía que ya no se deja engañar tan fácilmente.


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