Ser fuerte cansa más de lo que imaginan.

Siempre fui “el fuerte”. El que no llora. El que se aguanta. El que resuelve. Y la verdad es que me lo creí durante muchos años. Me repetía que no tenía derecho a quebrarme porque había gente que dependía de mí, porque “hay otros que la tienen peor”, porque así me enseñaron: aguantar, tragar, seguir.

Pero nadie te dice lo que pesa ser el fuerte todo el tiempo. Nadie te avisa que un día, cuando todos se hayan ido a dormir, vas a romperte en silencio. Que la ansiedad no golpea fuerte de una vez, sino que se cuela poco a poco, como el agua que gotea en una grieta. Hasta que un día te das cuenta: no estás bien. Estás cansado. Emocionalmente exhausto.

Lo más duro fue aceptar que yo también necesitaba ayuda. Que no era débil por decir “no puedo solo”. Que ser fuerte no es tragarse todo, sino aprender cuándo es momento de soltar, de hablar, de llorar incluso. Empecé a escribir, a hablar más honestamente con personas cercanas, a darme permiso para sentir sin culpa. Y aunque el proceso no es perfecto, es real. Es mío.

Hoy entiendo que ser fuerte no es cargar con todo. Es saber cuándo parar. Es reconocer que yo también merezco espacio para sanar. Para estar mal a veces. Para no tener todas las respuestas. Y ojalá alguien que lea esto también se dé permiso. Porque ser humano va antes que ser invencible.

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